lunes, 12 de enero de 2015

"EL PROFESOR" por Gilberto Núñez Ursinos


--Y que se levanten los panaderos a las 6 de la mañana para daros pan.
El clarinazo hizo que el compañero de juego bajase los ojos al suelo.
El profesor estaba en su cátedra. Y lo primero que se veía cuando el profesor estaba en su cátedra, eran unas espirales de humo de un buen habano, un café cortado y una copa de aguardiente a la que él llamaba jocosamente “ champán de hortelano”.
--Siempre aparece un zapato a la medida, por si no lo sabías. Debiste fallar.
El Profesor era muy dado a discutir las jugadas en voz alta. Y su voz, desparramándose por el reducido local del bar tenia todas las características de un trueno.
--Y pensar que tu eres mi discípulo más amado. Si hubieses arrastrado.
Era un hombre corpulento de mirada dulce y expresión beatífica. Y era, sobre todo, la democracia personificada.
--¿ Es que no hay partida? A ver, tú, ponte ahí.
Y cuando el bracero o el comerciante se sentaban como compañeros de partida, el Profesor lucía una cara alegre.
--¡Qué más da! Si todos los jugadores tienen primos.
Pero cuando “los discípulos amados” no aparecían por culpa de sus ocupaciones, el Profesor se veía triste, como fuera de un ambiente que a la fuerza de cotidiano había tomado la naturaleza de familiar.
Fue una tarde oscura en lluvia cansada cuando conocí al Profesor. Una de tantas tardes grises que pasan sin sentido, como un correr de agua.
--Niña, trae un sacacorchos.
La camarera le llevo a los pocos momentos un barrilito de anuncio con unos escarbadientes.
--Menuda lluvia. Y yo tenía que sembrar el azafrán.
El Profesor miraba a la calle mal cementada por la que una pequeña corriente de agua se perdía arrastrando algunas pequeñas piedrecitas.
--Así es la vida. Cuesta abajo siempre cuesta abajo.
Lanzo una bocanada de humo. Tomó luego un poco de café.
--Ay, estos tragos son solo para mí.
El compañero comenzó a dar las cartas. La lluvia seguía, monótona, triste, como un sentimiento de tiempo perdido…
--Aquí no hay nada—dijo el Profesor enseñando las cartas.
Los otros miraron.
--Ni aquí tampoco—y se bebió un trago del contenido de la copa.
En la mesa cercana jugaban los “compadres”. Eran unos tipos la mar de graciosos. Se hacían las trampas que podían y el que ganaba tenía que pagar las consumiciones.
--Oye, ya van tres veces que me fallas con el dos de triunfo.
--Te equivocas.
--¿ Cómo que me equivoco, a ver si crees que vendo lotería de los ciegos?
--Te equivocas, ya van cuatro veces.
El Profesor se echó a reír. Miró hacia los dos compadres.
--Sobre todo legalité, pero legalité, legalité—recomendó.
Los dos compadres siguieron jugando. El Profesor contó las cartas.
--Mala suerte—Me miró. Vió que me interesaba en el juego, o más bien en la manera de llevar la partida.
¿ Qué quiere? A mal tiempo buena cara. Menos mal que aquí está la cátedra del naipe. Y, eso si, sobre todo compañerismo. Aquí todos somos de casa. Ya ve usted: un carnicero, un panadero, un hortelano, un vinatero…Lo mejor de cada familia:
Me sonreí. El compañero del Profesor repartía cartas.
--Los pequeños pueblos son infiernos grandes. Hay que buscarse compensaciones por pequeñas que éstas sean.
La lluvia no cesaba de caer con un sonido de palabras dichas y redichas. Siempre nueva  y siempre vieja. Monotonía.
--Fallo. Arrastro y a entregarse al moro. ¿Qué os creíais?
Y el Profesor miro sus manos.
--Manos suaves, lumínicas, sapientes.
Entró el cartero. Dejó el periódico sobre el mostrador. Un perrillo al que llamaban “el viejo Lex” vino a acostarse al lado de la estufa.
Cuando el perro se pone a la lumbre, o es viejo  o hace frio. Como el perro no es viejo. Paso un camión cargado de cerezos.
--Parece  que los del Bierzo arrean a plantar. Claro, como da más la cereza que la viña.
Una mariposa revolaba cercana a la luz.
--    Alguien va a tener carta mañana.
Tarde oscura en gris cansado, en lluvia cansada, en palabra cansada… Un nuevo cliente.
--¿Lo  de siempre?
--Si, claro, lo de siempre.

Efectivamente, lo de siempre. Cuando Salí del bar, del caño roto me llegó una ducha de agua. Tarde otoñal berciana en lluvia cansada.



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