domingo, 21 de diciembre de 2014

NACIMIENTO DEL HOGAR DEL PENSIONISTA DE VILLAFRANCA



Hoy ha abierto sus puertas el nacimiento artesano del Hogar del Pensionista de Villafranca del Bierzo, con gran parte de sus figuras en movimiento.





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FERRÍN



Estos días puede contemplarse en el bar Pitillo de Villafranca una exposición de retratos del pintor villafranquino Manuel Ferrin.




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sábado, 20 de diciembre de 2014

" EL MATACHÍN" por Gilberto Núñez Ursinos



 EL MATACHÍN

El día víspera de la matanza había que dar más vueltas que un peón. Los preparativos parecían interminables. A casa de un vecino se iba por la caldera para calentar el agua y las trébedes. A casa de otro por el banco y la escalera. A la de un tercero por las artesas pequeñas del mondongo. Un cuarto prestaba la artesa grande de pelar y de salar. Después había que ir a casa de algún cosechero de vino por los manojos de xarmienta. Esto formaba parte del cometido de los niños. Para las amas de casa, entre otras cosas, estaba tener el orégano, la sal, el pimiento dulce y el picante, las nueces y las almendras de las morcillas, los ajos, etc. Era un día alegre y movido. Al día siguiente se mataba el cochín, y, como decía el abuelo, se quitaba la barriga de mal año.
--Ya te comerás un trozo de la gandiga, ¿eh?
La gandiga—o asadura—como muchos la llamaban, podía indistintamente ser preparada a la cazuela con rodajas de riñón y los anacos puntiagudos del corazón, con su poquito de sal , pimiento y una rociada de vino, o bien puesta a asar en las brasas. De todas formas estaba buena. ¿Qué cosa estaría mala para los niños en tiempos de la posguerra que comían a Dios por las piernas?. Era un bocado exquisito, aunque no el más preferido por el “agüelo”. El abuelo prefería la paixariña o bazo, con cebolla, y, naturalmente los sabrosos solomillos, que muchas veces sacaba él mismo, sin esperar que el matachín fuese a partir.
Cuando la lumbre quedaba preparada para el día siguiente, la caldera llena de agua, sobre las trébedes y cada cosa en su sitio, los niños respirábamos. Al día siguiente se mataba el cochín. Esto se repetía en nuestra mente como una especie de liberación por diversos caminos: uno el de dejar de llevarle la comida al cerdo, otro, el de no tener que picar leña para atizar a la caldera, y, el tercero y más importante, porque ya las tripas estaban hasta arriba de tanto caldo.
--No te enzarapalles y no comas tanto lomo; que mira lo que te paso el otro año.
Tenía razón el abuelo. Tanto había había sido lo comido y tanta la grasumia de las costilletas, que el año anterior uno de los nietos se había empachado. Y tan grande había sido el empacho que, en su lenguaje de zarabeto y narnian, se había pasado la tarde gimiendo lastimosamente:
--Ay que avento, ay que avento.
Los mayores se preocuparon porque no sabían lo que decía ni lo que le pasaba, hasta que otro de los pequeños esclareció el asunto dando sentido a las palabras que explicaban el empacho.
Pero, ¿ cómo sustraerse a la tentación del lomo dorado, con un poquito de pimiento y ajo y su bautismo de vino blanco?. Era un pecado no comerlo y una penitencia el hacerlo con exceso. Pero, ¿ tenía un niño conciencia de lo que es pecado y la penitencia?. El niño lo único que tenía era hambre y en lo único que pensaba era matar el cochín y comer. Y llegaba, la feliz madrugada. Porque de madrugada era cuando se mataba el cocho, más que nada por hacerlo de matute y no pagar al ayuntamiento. Como los niños no habían dormido pensando en aquel momento, se levantaban cuando los mayores y era una delicia para ellos el ver encender la lumbre e ir atizándola con los manojos. Sonaban no se sabía qué campanas de libertad y de alegría, cuando hacía acto de presencia el matachín. Traía envueltos en una rodilla el cuchillo de sangrar y el de abrir, amén de acero, del gancho y los rascaños. Con él solian venir los vecinos avisados para agarrar el cerdo. Ya el agua iba comenzando a hervir. Y para hacer menor la espera, se bautizaba el día de gloria con unas copitas de aguardiente o jerez de las que se acompañaban unas pastas. Se hablaba de matanzas de otros años, de que si el cerdo había tenido tanto o cuanto unto, de mil cosas. Aparecía la patona con un cubo que en el fondo contenía unos trozos de cebolla. Era el cubo para batir la sangre que luego serviría para hacer fiollas o filloas. Entonces llegaba el momento supremo.
--Pon el banco ahí, y, ojo, que ése tiene mirar de marica; no nos la pegue.
Porque había cerdos que tenían pintas de mujer y, sin embargo, reaccionaban como hombres. Y no había sido el primero que había esquivado el gancho y se había largado como en un intento de batir no se sabía qué marca de qué tantos metros. Uno de los hombres abría la puerta de la cuadra y hacía al cerdo salir. Al momento se escuchaban gruñidos. Por ellos se sabía, poco más o menos, quién mataba y lo que mataba. Cuando el cerdo había dejado de emitir gruñidos se le metía dentro de la artesa grande y el matachín y algún vecino, convertido en ayudante, comenzaban la tarea de pelarlo. Iban echando agua hirviendo sobre el lomo, las patas, el vientre, etc. Y quitándole cerdas y roña. Ya pelado y limpio como una patena el matachín le hacía un corte en las patas dejándole al descubierto los tendones. Por ellos se colgaba de la escalera. Y se procedía a abrir. Al poco rato el tripaje estaba en las artesas del mondongo, la barbada en una caldera con agua en compañía de las entrañas. Y como remate de la faena del primer día, se ponía un plato debajo mismo de la cabeza del cerdo para que fuese recogiendo la sangre que caía. La derramada en el suelo era cubierta con un poco de paja o tierra. Pasaban veinticuatro horas y el matachín volvía a partir. Comenzaba descolgando el cerdo y poniéndolo encima de la artesa grande o del banco, luego cortaba la cabeza, las patas y los lacones. Pasaba después a dividir el cerdo en dos mitades de las que iba sacando el espinazo, los tocinos, los lomos, los lomos, las paletillas, los jamones, etc. Procedía después a salar. Primero eran los untos, después los jamones a los que se les sacaba la sangre apretándolos  con una rodilla, después los tocinos, los lacones, etcétera. Y se remataba la operación con los huesos menudos.
Ya hemos dicho que se salaba en la artesa grande que había servido para pelar y, a veces, para partir. Pero algunos también lo hacían en cajones grandes a los que se metía un trozo de madera en la cabecera, para que el salitre pudiese ser recogido con facilidad.

Con el cerdo, el matachín había matado el hambre un año más. Y por eso era algo así como un personaje de cuento  para los niños en aquellos Reyes de la Concepción, tempranos y rotundos. Por la Concepción era cuando comenzaban las matanzas…



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viernes, 19 de diciembre de 2014

Vegetariano






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jueves, 18 de diciembre de 2014

La Junta de Castilla y León saca a licitación la reconstrucción del azud de la traída del agua de Villafranca


La Consejería de Fomento y Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León saca a licitación con un presupuesto de 300.007 euros la reconstrucción del azud de donde se surte de agua la población de Villafranca del Bierzo, que había quedado partido después de las últimas riadas.



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miércoles, 17 de diciembre de 2014

El puente sobre el río Valcarcel en Villafranca del Bierzo


Este puente fue construido en 1770 a expensas del legado que el doctor  Arén de Soto hiciera a Villafranca, para facilitar el paso de las aguas del río Valcárcel, ya que el anterior que estaba situado unos cincuenta metros más arriba y de cuyos restos queda una pared, había sido destruido por las riadas. A los pocos años de su construcción  en el año 1787,  se encargo desde el Consejo de Castilla el reconocimiento del puente a D.Diego de Ochoa, a causa de las protestas realizadas por el vecino convento de la Concepción, que acusaban al puente de la ruina del convento, dictaminando el técnico que de los deterioros del convento nada tenía que ver la obra del puente.
El puente consta de tres bóvedas, y las pilas poseen tajamares que llegan hasta la calzada, aunque la parte alta de los mismos quedo inutilizada cuando se amplio el tablero del puente y se despojaron los pretiles.  



Inscripción donde se recoge el pago del puente por el Doctor Arén





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martes, 16 de diciembre de 2014

Árboles Singulares en el término municipal de Villafranca del Bierzo V."EL OLIVO DEL TOLEIRO"




EL OLIVO DEL TOLEIRO

Entre cepas olvidadas, como un faro en este mar de viñedos sobresale el centenario olivo del Toleiro. Parece como si nadie mirase a los árboles, mientras contemplo como la luz del sol brota entre las ramas, y sobre su tronco van creciendo como una fortificación los bravos.

El paisaje que a primeras horas de la tarde se ofrece a la mirada desde este lugar absorbe  los nombres que se suceden en la lejanía: Rabo de Anguia, Peizais, Redoniña, Dragonte… Y voy contemplando como las nubes palpan el horizonte y parecen tan próximas a las montañas que con la imaginación podrían tocarse con la punta de los dedos.





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lunes, 15 de diciembre de 2014

Los Molinos en Villafranca del Bierzo

     
                                     Molino del señor José
     
      LOS MOLINOS EN VILLAFRANCA DEL BIERZO
En el diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España publicado por Pascual Madoz entre 1846 y 1850, se recogían en Villafranca del Bierzo once molinos harineros. Después de haber indagado y preguntado algunos han desaparecido sin dejar rastro, de otros conseguí localizar el lugar, y algunos todavía permanecen en pie como testigos mudos de un tiempo pasado.
En el río Valcárcel, eran conocidos como el molino de arriba, el del medio y el de abajo. El molino de arriba también llamado del “Penedón,” regentado en los últimos años por el señor Santiago. Entre el anterior y el molino del medio existían las ruinas de otro mucho más pequeño que era el molino de los Colmenares. El molino del medio  era el del señor José y fue donde estuvo instalada la primera fábrica de luz de Villafranca. El molino de abajo situado en la calle de San Salvador era conocido como el molino de “Patatones” .
En el río Burbia, existía un pequeño molino al final del súcubo que  se abastecía del agua que baja por la presa de riego, al igual que el que le precedía justo debajo de la Colegiata. En la otra margen del río se encontraba el molino de Quintano enfrente del pozo de la Xirula, que compró Eulogio el padre del escritor Gilberto Núñez Ursinos, cuando regreso de Cuba.
Siguiendo el curso del río nos encontramos con el molino de Landoiro y posteriormente el de Puente de Rey.
Cuando los molinos estaban en todo su apogeo, el molinero descargaba la quilma sobre la tolva o tramoxa, que tiene una forma de tronco piramidal invertida, con un agujero en la parte inferior, por donde va saliendo el grano y dosificándose con las vibraciones  trasmitidas a la canaleta por la tarabica, que es un palo de madera que da pequeños saltos debido a las irregularidades de la superficie de la muela. Poco a poco, va cayendo el grano por el agujero que lleva la rueda superior. Esta, al girar sobre la inferior, produce la rotura del grano, convirtiéndolo en harina, que se va depositando en un recipiente de madera también llamado farneiro. Todo el proceso comenzaba cuando el molinero abría la llave para que el agua empezase a caer con fuerza sobre las palas del rodezno, y éste empieza a girar arrastrando en su giro al árbol y a la piedra móvil o volandera.
Cuando el molino llevaba varios días funcionando, se procedía a levantar la muela volandera para picarla, operación que consistía en quitar la harina que quedaba encajada entre las estrías de las muelas con la ayuda de un pico metálico y restituir el picado original.
El pago de la molienda se realiza, generalmente, por el sistema de maquila. El molinero retira una parte proporcional a la cantidad molida.
En torno a los molinos se fueron tejiendo multitud de leyendas y coplas, al estar estos generalmente un poco alejados de la población, la imaginación y la malicia de las gentes hacia crecer las historias inventadas, sazonándolas con ingredientes pecaminosos, como recogíamos el otro día en un artículo sobre “el molinero” de Gilberto Núñez Ursinos:
“Vengo de moler morena
De los molinos de arriba
Dormí con la molinera, olé y olé
No me cobro la maquila
Que vengo de moler morena…    
                       
                                       Molino situado en la parte de abajo de la Colegiata

                                         
                                           Molino del Penedón



                                             Molino de Patatones


Molino de Landoiro

Molino de Puente de Rey




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domingo, 14 de diciembre de 2014

"LOS CORRILLOS DE COMADRES" por Gilberto Núñez Ursinos



LOS CORRILLOS DE COMADRES
Todo empezaba por mayo. Mayo florero y florido. Era natural. Con el mal tiempo andaban desbandados en busca de miocas, gusanos de los árboles, escarabellando en los semilleros o picoteando los rombones de las yedras. Decían las gentes que del corazón salía el color del  plumaje; de los ojos el afán del usurero y de los picos la alargada peste. Pero, al fin, llegaba mayo; y cuando mayo comenzaba a lucir barbas de viejo, pintaban las cerezas. Era la época dorada de los cochorros…
-Son igual que las comadres; lo destrozan todo.
Sí, era por mayo. Lo mismo que las flores de las campiñas o jardines, florecían los corrillos de comadres en los sitios más estratégicos de cada barrio. Se encaramaban por los escalones; aterrizaban en los rellanos; tomaban  por asalto los soportales… Las comadres eran algo así como una brigada de investigación para actividades vecinales, a cuyo control no escapaba ni una mosca. Las del corrillo diurno llevaban cuenta de la vida del barrio por la noche. Por ello no era de extrañar que, si uno—este uno era casi siempre el borrachín del barrio—acertaba a pasar a altas horas, las adivinase tras las contras de los balcones; entornándolas trataban de disimular, pero las traicionaba la luz encendida. Las del corrillo nocturno llevaban las altas y bajas del barrio durante el día. Las diurnas llevaban, para despistar más que como trabajo, labores de bordado o ganchillo. Las nocturnas, solamente el refrescalenguas claretín, ocultando los jarros bajo las sayas. El borrachín del barrio conocía el secreto y por ello, y por otras cosas, las comadres se la tenían declarada.
-Labieiras; permita Dios les pongan contador en la lengua y tengan que pagar por él. ¿ No dicen que al mediodía estoy siempre embadurnado?...
Las diurnas tenían la precaución de buscar lugares donde su presencia pasase inadvertida, aunque no la de los demás para ellas. Las nocturnas los puntos donde hubiese poca luz para no ser vistas y la suficiente para ver. Si seleccionaba a las comadres por tipos, casi siempre se advertían tres que era raro fallasen en ningún corrillo:  las escalfadas que llevaban la voz cantante.  El más significativo pero menos corriente: Las agüiñas mansas, que se ataban todo al dedo pero no soltaban prenda. Y las tolas a cañadas, a quienes se tiraba de la tetilla y eran constantemente motivo de mofa. En los corrillos, como en los pueblos, es necesario a veces un payaso de quien reírse; pobre del que lo sea, para él no hay compasión…
A estos tres tipos podría añadirse otro, porque, aunque raro, existía: las de la risiña de María Santísima, que tenían por norma reírse de lo habido y por haber. Eran las verduscadas y picantes, los temas preferidos. Naturalmente, la manera de decir las cosas ofendería los oídos de un puritano. Pero a las comadres, sobre todo a las viejas, se les hacía la boca agua al tocarlo. Alguna, al final notaba que había empapado la prenda más inesperada. Esto  decía bien de las claras de su sadismo cruel, de una extraña mezcla de envidia y resentimiento, un afán de venganza que afloraba instintivamente de lo más profundo de su ser. A esto se unía el común ingrediente de preferir el trabajo de la lengua al de las manos. Y del trabajo de la lengua salían los cuentos y las calumnias, los dichos destructivos y las irresponsabilidades amargas.
--Esa se queda para vestir santos; claro, antes hizo desnudar a los pecadores.
Las beatas, sobre todo, eran la diana de sus tiros. Las atacaban, ridiculizaban, aplastaban con saña. Quizás porque dentro de ellas veían lo que dentro de sí no podían ver. Quizás porque solamente pretendían abatir a las contrincantes. Porque entre las beatas… De entre los temas picantes o verduscos, había uno que exprimían como si se tratase de un limón. Era el de las mujeres que no profesaban al marido una escrupulosa fidelidad. Aunque de baja cultura, la musa de la ironía parecía inspirar a las comadres hasta pareados con dicción erudita:
--He ahí un Mefistófeles valiente
Que no ve los adornos de su frente.
Y sacaban a relucir trapos y más trapos. Unos que habían visto, otros que habían oído y otros que se imaginaban. Seguramente, éstos eran los más, porque las comadres en aquellos temas eran de fértil imaginación. Lo cierto era que el marido de turno no tendría necesidad de ir al sastre durante muchísimos años. Las parejas tampoco salían muy bien libradas.
--Te lo digo yo: estaban detrás del cortello y… y… vale más callar.
Mientras se trataban de criticar a los extraños al corrillo, todo iba bien. L o malo era cuando  a alguna le daba por meterse en los asuntos de alguna compañera. Entonces era de ver el torneo de la mala uva, de los golpes bajos e hirientes y de la habilidad con la lengua y el ingenio.
--Mira, no me tires de la lengua, que ya sabes que la tengo como una navaja.
En el mismo instante se oía un ruidoso palmetazo que uno suponía ser dado en las nalgas.
--Pues afila en esa piedra.
Aquello era un reto. Y la ofendida buscaba la revancha. Estaba bien que riesen de los demás, pero que se riesen de ella…Pronto venía la reacción.
--Porque tengo más vergüenza que tú no te llamo lo que nadie te llamó.
La otra se picaba. Al reto seguía el desafío.
--Llámamelo; anda, atrévete.
Como un escopetazo llegaba la respuesta:
--Mujer honrada.
La cosa se animaba de tal manera, que al final, de la lengua, por una vez, pasaban a las manos. Hacían xirotes as blusas, se desgarraban las sayas. Y alguna, para enardecerlas más, lanzaba el grito bestial:
--Por los pelos, por los pelos.
Y por los pelos se tiraban hasta que caían  rendidas, jadeantes, ridículas.
Desgraciadamente estas escenas se desarrollaban muy de tarde en tarde. Y era una lástima. En ningún teatro se ven con tanta vivacidad y tanto realismo. El borrachín del barrio sentenciaba los corrillos. Por unos meses podía subir y bajar sin que hubiese de ser sometido a control.
--Ya se recogen las pitas.
A lo  mejor pronunciaba mal alguna letra. Pero lo cierto era que el otoño había llegado con su escoba, piadoso vivificador, quizás algo vengativo, ha hacerles la puñeta a las comadres y a los cochorros…


sábado, 13 de diciembre de 2014

La Calle del Agua.Heráldica 9



Siguiendo con la numeración par de la calle del agua, en la casa número 58, nos encontramos con un escudo cubierto con una cornisa a modo de torna lluvias. La parte superior del escudo está compuesta por un casco como los que se utilizaban en los torneos mirando hacia la izquierda. En el interior del campo del escudo sobre el fondo una cruz rematada en sus puntas por la flor de lis. En la parte izquierda del mismo, nueve diminutos leones colocados de tres en tres.En la derecha, un águila mirando hacia la izquierda con las alas abiertas y la cola esparcida.
En la parte inferior del escudo aparecen grabada la palabra Vega.  



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viernes, 12 de diciembre de 2014

Ley Mordaza


Foro Internacional:" El Legado de Elías Valiña: Presente y futuro del Camino de Santiago"

                        


Del 12 al 14 del presente mes tendrá lugar en Villafranca del Bierzo el Foro Internacional: "El legado de Elías Valiña", y como homenaje a su figura. El Foro está organizado por la Fraternidad Internacional del Camino de Santiago, con la colaboración del ayuntamiento de Villafranca del Bierzo, Asociación de Amigos del Camino de Santiago del Bierzo, Asociación Ave Fenix de Villafranca, Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Astorga, Asociación de Amigos
del Camino de Santiago de Villafranca del Bierzo.
El Foro será un espacio de trabajo, reflexión y puesta al día sobre el fenómeno jacobeo. 


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